La felicidad como desdicha

felicidad como desdicha: no a las drogas

La felicidad como desdicha

Buscamos la felicidad y a veces corremos el peligro de convertirnos en juguetes de nuestros sentimientos felices. El que se presta para todo se expone también al abuso. Existe una correlación evidente entre el afán de conocer experiencias nuevas y el peligro a caer en la adicción a una sustancia.
Lógicamente, sin el acto de curiosidad del ser humano nadie comenzaría a consumir drogas. Tan siquiera a fumar o a beber alcohol, conocemos los efectos nocivos que tiene en nuestro organismo y además, al principio a prácticamente nadie le gusta el sabor del primer cigarrillo o la primera cerveza.
Hay situaciones en las que el deseo se independiza de la voluntad. Que alguien se vuelva drogadicto depende en parte, de su circunstancia existencial y por otra parte de sus genes.
Afortunadamente, no todas las personas que consumen drogas acaban siendo drogodependientes o alguien que juega a la tragaperras acaba siendo ludópata. Mucho tiene que ver con lo que somos capaces de asimilar, no es lo mismo el que bebe muchísimo y no tiene resaca que el que bebe dos copas y al día siguiente tiene muchísima resaca.

Experimentación con ratas


En el año 1954, el neurólogo canadiense James Olds, hizo el experimento de implantar un electrodo muy fino a unas ratas, y les dejó una palanca para que pudiesen accionarla y administrarles un impulso eléctrico para estimular su propio centro cerebral.

Los resultados fueron espectaculares, las ratas no paraban de accionar la palanca una y otra vez. Tal fue la magnitud de la adicción que habían desarrollado las ratas que una fue capaz de accionar hasta 6.000 impulsos en una hora. Las ratas no se acordaban de copular, ni de comer o beber, ¡preferían morir a cambio de un rato de felicidad! Lógicamente las ratas no lo veían como lo podemos ver nosotros. Se trata de un acto de inconsciencia.


El deseo exacerbado convierte al individuo en un obseso que desconoce el sentido de los límites y ha perdido la conexión con la realidad.
Si las ratas tuviesen conciencia de lo que realmente estaban haciendo seguro que no lo llevarían a cabo. Por suerte el ser humano tiene conciencia, sabe que sabe, algo que no se ha visto en animales. Lo mejor que podemos hacer desde este diario es contar casos reales para que la gente se conciencie con esta gran problemática. No existiría narcotráfico en España si la gente no consumiese.
Está claro que las drogas sirven para olvidarse de preocupaciones por la estructura opioide que tienen, pero las consecuencias que después desarrollan son terribles.

Difícil salida una vez dentro


Están de moda series de televisión sobre narcotraficantes, pero se refleja apenas nada la situación de las personas que las viven. Una vez dentro es muy difícil salir, los efectos que pasan los consumidores en épocas de abstinencia es terrible y nunca se olvida, por lo que pueden caer en cualquier momento. Una vez establecida la dependencia solamente queda una ansiedad ciega por obtener la droga; el deseo de disfrutarla apenas subsiste. Es como cuando ya se fuma el quinto pitillo del día, ya no sabe a nada pero las ganas de fumarlo son enormes.

Cuando la vida sin droga parece privada de aliciente, es porque el tóxico ha perjudicado la capacidad de disfrutar, en ese punto se habrá ya infiltrado en los circuitos cerebrales y los habrá reprogramado para tener la necesidad de consumir más.
El resultado son familias rotas, amigos que ya no están y una vida sumida en la desdicha por querer pasar un rato más de felicidad.
Necesitamos más ejemplos de la realidad en los medios, tenemos muchas problemáticas y ésta es de las grandes. No se puede mirar para otro lado.