Nuestro afán por querer cambiar

Afán por querer cambiar
Si no tuviésemos tanto afán por querer cambiar, veríamos más coches como el blanco de la foto por la calle

Se puede decir que nuestro afán por cambiar, en algo que pensamos «a mejor» es uno de los principios que está en nuestra naturaleza desde tiempos primitivos.
Cuando nuestro jefe nos informa de un aumento de sueldo, es mayor el grado de excitación que presentamos en el momento que después, cuando se hace efectivo el cobro de ese sueldo.
El millonario que se puede permitir cenar todas las noches con Moet Chandon, al momento de ver la botella no produce en él ningún tipo de alegría extraodinaria.
Son hechos que escapan de la razón. Como lo son la alegría o el enfado que podemos padecer con algunos juegos en los que no nos jugamos nada.

El neurólogo londinense Raymond Dolan descubrió algunos de los circuitos responsables de la conducta de tener altibajos emocionales, aunque no nos juguemos nada.
Mientras unos voluntarios jugaban al póquer, él tomaba imágenes de sus cerebros con el PET (tomógrafo por emisión de positrones). Cuando en la partida se daba una ganancia inesperada de alguno de los jugadores, se observaba una activación del área frontal en el cerebro del que ganaba. En el cerebro de los jugadores no se encontraba diferencia alguna a jugar con fichas sin valor a apostar dinero real.

El afán por querer cambiar sucede tanto en humanos como en animales


No solamente es un acto humano, también sucede en el caso de los animales. Ya decía Aristóteles: «la afición al cambio está en la naturaleza animal».
Las abejas, por ejemplo, en su proceso de recolección del néctar, escogen siempre las flores que más néctar contienen. Cuando una abeja no es capaz de encontrar esas flores, prueba con otras y si considera que una flor tiene poco néctar, deshecha volver a recolectar en ese tipo de flor.
Los casos son distintos según cada persona. Hay personas que son conformistas y otras aventureras. Tenemos como ejemplos casos de gente que se ha pasado toda la vida en una misma empresa y otros casos en los que más o menos cada dos años están cambiando. Gente que va de vacaciones año tras año al mismo complejo turístico y otra que va a sitios cuanto más exóticos mejor.

Podemos concluir diciendo que el ser humano, al igual que los animales presenta una serie de instintos.

Deseamos lo que no tenemos y cuando lo tenemos lo acabamos aburriendo. Es un hecho que se escapa de lo racional, por lo que debemos de ser fuertes racionalmente para poder parar nuestros instintos en situaciones que nos puedan perjudicar.